15/3/15

Estoy triste.

Cuando somos jóvenes la vida nos parece muy sencilla; queremos vivir de una manera en que todo pase rápido y creemos que estamos experimentando lo máximo cada día. Tristemente llega un día donde ya no eres tan joven y caes en cuenta que la vida se te ha ido poco a poco y es cuando notas, al fin, el peso de las cosas.

A mi edad he pasado un sin fin de travesías, locuras, miedos, añoranzas, desamores, sueños, metas, ilusiones y desilusiones. He visto como las personas van, vienen, entran y salen de mi vida. He sentido el terrible dolor de perder a seres amados. He perdido las ganas de todo y las he recuperado una y otra vez, así, como en montaña rusa. Una vida llena de altibajos donde conforme pasa el tiempo comienzo a creer que se acerca el día final, el último.  Y es entonces cuando me entra un miedo terrible al punto de helarme el cuerpo y dejarme inmóvil por un momento. Me invaden los pensamientos tristes y a la vez realistas sobre qué hice, qué hago y hacia dónde va mi vida. Me inunda la negatividad y la pesadez de cada día. Siento como se me cae el alma al suelo y los pinchazos en el corazón se hacen cada vez más frecuentes. La vida duele, todo duele.

Quiero creer que me queda tiempo, mucho tiempo pero... ¿quién lo sabe con certeza?

Cuando llega la noche no me quedan más que las ganas de echarme a llorar hasta terminar con los ojos hinchados de tantas lágrimas, de tanto sufrimiento. Y no es por ti, no es por nadie. Es por mi, por la vida misma, por las cosas que he pasado y quiero olvidar, por lo que llevo dentro que me duele y me consume, por lo que pesa y quiero dejar de lado, por lo que vengo arrastrando, por la negatividad, por el querer y no poder, por las ganas que he perdido en el camino, por todo.

Quiero dejar de sentirme así; quiero dejar de sentir dolor pero y eso ¿cómo se hace?

Ojalá la vida no doliera tanto.

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