16/5/15

Así se siente extrañar a alguien

Es como sentir constantemente que falta algo que, al mismo, tiempo ya no pertenece a este lugar.

Extrañar a alguien no es pensar en ellos todos los días ni en cada segundo que tienes libre. Es algo más sutil, más callado, menos explosivo de lo que la gente cree. Extrañar a alguien significa caminar y algunas veces no darte cuenta que en tus pasos llevas el peso de la pérdida. Extrañar a alguien significa creer que estás bien cuando no lo estás y muchas veces sentir un pánico asfixiante cuando te das cuenta que ya no te acuerdas de cómo sonaba su voz ni tampoco la cara que ponían cuando comían su comida favorita.

Extrañar a alguien es un poco como tener amnesia, como haber pasado por un cirugía que supuestamente debía reconstruir y mejorar una parte importante de ti pero no recordarlo. Es como sentir constantemente que falta algo que, al mismo tiempo, ya no pertenece a este lugar. Extrañar a alguien significa que habrá días en los que no podrás levantarte, ni vestirte, ni funcionar como un ser humano decente. Significa que habrá ciertas cosas que te recordarán de forma tan poderosa a un ser humano que prácticamente no existe que no podrás contener la urgencia de querer salir corriendo.

Extrañar a alguien es un testamento, es una marca de que alguna vez hubo algo más que sólo un espacio vacío, sillas que sobran y días llenos de angustia. A través de la pérdida construimos vidas paralelas y vivimos con identidades secretas. Alguna vez fuiste otra persona y en el fondo de tu corazón sigues viviendo en ese mundo imaginario (que sólo visitas en sueños) donde todo está bien.

Extrañar a alguien es darte cuenta que han pasado los años y que sigues aquí y que has cambiado. Es pensar que esa persona nunca podrá conocer la versión editada y mejorada de ti misma. Es saber que incluso si volvieran a tu vida ya nada sería como antes.

T.D

10/5/15

Gracias por haberte ido

No lograste debilitarme y esta experiencia no logró derrumbarme.

Al principio las cosas no fueron tan sencillas y ni siquiera lograba creer que mi vida podría seguir adelante ni que podría volver a respirar con normalidad. Todo dolía, todo en mí se quejaba y parecía que nunca más podría dormir sin soñar con una realidad diferente. Los primeros meses fueron los peores, porque sabía que las excusas y explicaciones que me habías dado no eran reales. Preferí evitar cualquier tipo de contacto o información porque sabía lo que realmente no quería saber: Siempre mentiste y ahora eras feliz sin mi.

No podía entender la razón de tus acciones ¿cómo habías sido capaz de hacerme eso? En aquellos meses sentía que caminaba sin poder ver lo que tenía al frente, constantemente chocando con otras personas, ignorando cambios cruciales que se daban a mi alrededor, incapaz de ver más allá de mi nariz o de escuchar las amables palabras de quienes realmente me amaban.

Poco a poco comencé a comprender lo que tu presencia había provocado en mi vida. Había sido como algo que me había carcomido por dentro, que poco a poco se había robado la imagen de mí misma dejándome con una extraña sensación de vacío. Era como despertarse un día y sentir que no tenía destino, que no tenía hogar, que no tenía una razón para estar en este mundo.

La luz la vi mucho después y aunque tuve semanas de debilidad donde esperaba encontrarte en los lugares que usualmente frecuentábamos, pronto comprendí que lo mejor era intentar olvidarte. En vez de eso, decidí hacer otra cosa: decidí convertirte, cambiarte, tomar tu recuerdo y convertirlo en una experiencia que pudiese ayudar a otras personas, que pudiese ayudarme a mí a amarme como me lo merecía.

Volver a creer no fue sencillo. En todos lados veía tu mirada incierta y muchas bocas parecían decir palabras similares a las que decías en nuestras últimas noches. Comencé a recuperarme lentamente. Las tardes se volvieron más largas y mi miedo comenzó a desaparecer gradualmente. La herida se cerró y se cicatrizó, y aunque dejó una marca visible, decidí nunca esconderla y mostrarla con orgullo. Tú me enseñaste que no valía la pena avergonzarme de haber sobrevivido y que más bien deberías haber sido tú quien se avergonzara por haberme llenado de ilusiones falsas y haber jugado con mis sentimientos.

A ti que una vez decidiste que no era lo suficientemente importante como para merecer la verdad, que una y otra vez acabaste con mis sueños y expectativas te quiero decir que no me hiciste más débil, que no me marcaste y que no lograste tirarme al suelo.

Gracias por haberte ido, porque aunque los primeros meses fueron los peores de toda mi vida, no habría otra forma en que hubiese aprendido lo mucho que valía y lo mucho que me merecía. Sé que es probable que nunca leas esto y que mis palabras no lleguen a ti pero en este punto del camino he comprendido que todo lo que hago, incluso esto, lo hago para mí y ya no más para ti.