Aprendí a olvidar todo lo que tenía que ver de una manera o de otra contigo en cuanto alcancé a comprender todo lo que habías roto. Primero fue un silencio roto, después nuestra complicidad de juguete, aquella tarde que llené tu alcoba de globos de colores y no te gustó nada.
Luego sería un manojo de verdades rotas, algunos pedazos de papel y las cartas en papel malva, mi orgullo herido –y roto- la lealtad y mi confianza entera, todo roto. Pequeños objetos y detalles cotidianos: una entrada de teatro o para la filmoteca, la carátula de un disco antiguo de Serrat, las zapatillas de estar por casa, unos labios resecos, tu fragilidad y la puerta desvencijada a patadas que nunca más volveríamos a abrir. Todo roto y orbitando a tu alrededor como diminutos satélites fuera de todo orden.
El día que quisiste volver con aquella cajita en las manos llena de fragmentos rotos y un botecito de cola de contacto, te hubiera ayudado a recomponer las piezas. Pero no hubo forma de encajar ninguna.
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